La tarde era lluviosa, otra cualquiera en Avalía, nada fuera de lo corriente. Las carreteras, estrechas y mal comunicadas entre sí hacían peligroso el camino que comunicaba al pequeño pueblecillo con la ciudad. En el coche, Marie Ivanov observaba las gotas de lluvia impactando contra la ventanilla del automóvil de su marido. Iván Ivanov era un hombre tranquilo y sereno, de nacionalidad rusa. Había aportado a la familia protección y calma tras la muerte de su anterior marido, Joseph.
Las tres niñas charlaban animadamente en los asientos de atrás del todoterreno negro. Por lo general, era Annie la que solía llevar las riendas de la conversación. Era dos años mayor que sus hermanas y su vida parecía girar únicamente en torno a ella.
Nicole Ivanov era la más callada de las tres. Había perdido a su madre siendo muy pequeña y su vida no había acabado de adaptarse a lo normal. Contaba, sin dudarlo, con el apoyo de su padre y la compañía de su nueva familia. Sus cabellos eran del color de la más dulce y exquisita miel, y sus ojos tendían a adoptar un tono grisáceo amoratado. Su piel, pálida y pulida, como la de una muñeca de porcelana, mostraba siempre un rostro sereno y calmado, y una leve sonrisa formada por labios carnosos de color carmesí.
El ruido de un relámpago sacó a la familia de sus ensoñaciones y pensamientos, e hizo que el coche se desplazase con brusquedad hacia la derecha. Pero no fue eso lo que cambió la vida de la familia Ivanov; El accidente ocurrió después.
Meses más tarde aparecía la noticia en las portadas de todos los periódicos: <<Annie, Christine y Nicole despiertan de un coma ya considerado como muerte>>
A partir de entonces, nada volvió a ser lo de antes.